Durante mucho tiempo creí que sanar a mi niña interior era la clave. Me sumergí en mis memorias, en mis heridas, en las partes de mí que quedaron congeladas en el tiempo. Me abracé, lloré, escribí cartas, hice rituales. Fue profundo, necesario y sagrado. Le dediqué años, energía, lágrimas… y sí, fue hermoso reencontrarme con esa parte de mí. Pero también me quedé ahí, dando vueltas entre memorias y heridas. Invertí mucho tiempo en ese rincón del pasado… sin entender que, mientras miraba hacia atrás, me estaba olvidando de algo más grande. De que yo nunca estuve rota. De que, aunque esa niña necesitara mi amor, yo era —y siempre fui— una con el universo. No entendía que mientras buscaba sanar a “esa niña”, seguía creyendo que estaba separada. Separada de la vida, del universo, de Dios (o como lo percibas). Pensaba que debía reparar algo, cuando en realidad nunca estuve rota. Cuando me creí separada de la divinidad, traté de repararme desde la dualidad: la adulta sanando a ...
Del caos también se nace. Yo atravesé las sombras y descubrí que sanar no es olvidar, es recordar quién soy en lo más profundo. Hoy comparto mi camino para que, como yo, despiertes tu propia forma de reconectar y recordar.