Durante mucho tiempo creí que sanar a mi niña interior era la clave.
Me sumergí en mis memorias, en mis heridas, en las partes de mí que quedaron
congeladas en el tiempo.
Me abracé, lloré, escribí cartas, hice
rituales. Fue profundo, necesario y sagrado.
Le dediqué años, energía, lágrimas… y sí, fue
hermoso reencontrarme con esa parte de mí.
Pero también me quedé ahí, dando vueltas entre memorias y heridas.
Invertí mucho tiempo en ese rincón del pasado…
sin entender que, mientras miraba hacia atrás, me estaba olvidando de algo más
grande. De que yo nunca estuve rota. De que, aunque esa niña necesitara mi
amor, yo era —y siempre fui— una con el universo.
No entendía que mientras buscaba sanar a “esa
niña”, seguía creyendo que estaba separada.
Separada de la vida, del universo, de Dios (o como lo percibas).
Pensaba que debía reparar algo, cuando en realidad nunca estuve rota.
Cuando me creí separada de la divinidad, traté
de repararme desde la dualidad: la adulta sanando a la niña, la luz abrazando a
la sombra, la consciencia rescatando al dolor. Pero con el tiempo comprendí que
no había nada que reparar, porque la adulta y la niña son una sola conciencia,
la luz y la sombra son expresiones del mismo ser, y el dolor no es algo que
deba ser rescatado, sino una forma en que la consciencia se experimenta a sí
misma para recordarse completa.
Hoy lo veo distinto sanar al niño interior fue
un paso, no el destino. Fue abrir una puerta para recordar mi sensibilidad,
pero no para quedarme viviendo en la herida. Fue una etapa de recordar mi ternura, mi sensibilidad y mi inocencia. Pero mi
evolución no termina allí. Ahora mi práctica es habitar la unión, no la
reparación. Recordar que no necesito sanar desde la herida, sino crear desde la
conciencia de que ya soy parte de Todo.
Ahora lo entiendo: no hay un “yo niña” y un
“yo adulta”.
Hay solo presencia. Conciencia. Unidad.
Y desde ahí, no hay nada que sanar, solo algo que recordar.
Y sí… fue interesante sanar a mi niño
interior.
Pero más interesante aún es dejar de buscar pedazos y empezar a vivir como lo
que siempre fui: una expresión viva y completa de la divinidad.
Así que, si estás en ese viaje, mírate con
amor…
honra a tu niño interior, abrázalo,
pero no te quedes allí.
Si ya eliminaste esos bloqueos de infancia.
Avanza de una vez y ya no busques más al niño
interior.
camina con él de la mano hacia lo que eres hoy:
un solo ser unido a la divinidad.

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