Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de julio, 2025

Lo que creí mi mayor debilidad… era mi verdadero poder

Por años llevé mi historia como si fuera una carga. Me sentía defectuosa. Rota. Como si lo que viví me hubiera quitado algo que jamás podría recuperar. El dolor, los recuerdos confusos, esa sensación constante de estar al margen… todo parecía alejarme de la vida que soñaba. Pero un día, algo cambió. Como en la historia de Monet, el pintor. Cuando su visión comenzó a fallar, dejó de ver los colores “correctos”. Y sin embargo, no dejó de pintar. Al contrario. Ese cambio en su forma de ver el mundo le permitió crear una belleza nueva, completamente suya. No trató de volver a ver como antes. Usó su diferencia. Y eso me hizo ver la mía con otros ojos. Por mucho tiempo pensé que mi trauma me separaba de los demás. Pero hoy sé que me dio una sensibilidad profunda. Puedo leer lo que no se dice. Puedo sentir el nudo detrás de una sonrisa. Puedo comprender incluso lo que no logro explicar con palabras. Mi herida me enseñó a mirar el mundo de otra manera. Y eso ya no me parece un...

¿Mi armadura realmente me protegía?

Cuando era niña, sin saberlo, aprendí a protegerme. A veces era siendo fuerte. Otras, callando. Pasando desapercibida. A veces complacía. O me aferraba al control. Cada uno de esos mecanismos fue una especie de armadura que construí para sobrevivir. Y sí, me ayudó. Me permitió llegar hasta aquí. Pero con el tiempo, empecé a notar algo: ya no me protegía, me limitaba. Recordé la historia del boxeador Mike Tyson. Entrenaba con un casco que, supuestamente, lo protegía. Pero ese casco no evitaba el verdadero daño. Al contrario: al darle una falsa sensación de seguridad, él y sus oponentes golpeaban con más fuerza. Y su cerebro era el que recibía todo el impacto. A veces, nuestras armaduras hacen exactamente eso. Por años creí que no hablar de lo que me dolía me protegía. Pero en realidad me aislaba. Pensé que estar siempre alerta me mantenía a salvo. Pero solo me agotaba. Aprendí a desconectarme del cuerpo para no sentir. Me di cuenta de que estaba sobreviviendo. Per...

Mi historia importa (y la tuya también)

Por años pensé que lo que me había pasado no era tan grave. Que había personas que habían sufrido más. Que mis heridas no merecían tanto espacio. Pero he aprendido que el dolor no se compara. Se siente. Y lo que yo sentí fue real. Me marcó. Me cambió. Y eso basta para reconocerlo y atenderlo. A veces, cuando escuchamos cifras sobre sufrimiento, algo en nosotros se apaga. Es como si el dolor se volviera ajeno, impersonal. Pero cuando alguien cuenta su historia, cuando escucho a una sola persona abrir su corazón, me pasa algo por dentro. Me conecto. Me conmuevo. Me entiendo un poco más. Por eso hoy elijo honrar mi historia. No minimizarla. Lo que viví me dejó huella, y esa huella merece cuidado. No soy una estadística. No soy un número. Soy una persona con emociones, recuerdos, preguntas y ganas de sanar. Sé que a veces duele mirar hacia atrás. Pero también sé que hay algo profundamente liberador en dejar de fingir que no pasó nada. Sentir es un acto de valentía. Sanar tam...

Salir del laberinto: lo que me salvó… luego me encerró

Durante mucho tiempo creí que ser fuerte era la única opción. Callar. Aguantar. Anticiparme al daño antes de que llegara. Adaptarme. Hacer lo que fuera necesario para sobrevivir. Y funcionó. Me protegí como supe. Me escondí en lo correcto, en lo prudente, en lo invisible. Pero lo que me salvó en ese entonces… …más adelante se volvió una cárcel. Una cárcel hecha de hábitos, miedos y viejas soluciones. No siempre es un solo evento el que deja trauma. A veces son los silencios. Las miradas que no llegaron. Las veces que te tragaste el llanto porque nadie iba a sostenerlo. Las veces que fuiste tu propio refugio porque no había nadie más. El trauma se instala. Se cuela en tu forma de respirar, de amar, de reaccionar. Y sin darte cuenta, estás viviendo con el cuerpo en el presente… …pero con la mente atrapada en el pasado. Me pasó. Sentía que hacía todo “bien”, pero algo en mí seguía alerta. Como si algo malo pudiera pasar en cualquier momento. Y lo peor es que, al ...