Ir al contenido principal

🌙 Un café antes del adiós



Hace unos días se fue un amigo.

De esos que dejan huella sin hacer ruido, con la simpleza de su forma de estar.
Nos conocimos en la universidad cuando todavía éramos menores de edad. Éramos cuatro inseparables: dos hombres y dos mujeres, juntos para todo, casi todo el día, y buena parte de la noche, por varios años. Nos conocimos y empatizamos rápido —mejor dicho, yo llegué a su grupo, pero parecía que me estaban esperando a mí, jajaja.

Aprendimos a amar nuestras diferencias, a entendernos y a hablar el mismo idioma.
Él era el negrito del grupo: incondicional, amoroso, caballero, detallista.
Nos graduamos y, como suele pasar, tomamos caminos distintos. No volvimos a vernos.

Pasaron los años y un día, justo antes de tener a mi primer hijo, nos encontramos de casualidad en un centro comercial. Yo estaba de afán, pero alcanzamos a hablar de su vida y la mía, parados en medio de la gente. Fue un encuentro corto pero lleno de vida. Luego, otra vez, el silencio.

Hasta que llegaron las redes sociales.
Ahí nos encontramos de nuevo. Le escribía, lo llamaba, nos contábamos cosas, sin vernos físicamente, pero al menos sabíamos algo el uno del otro. Y así, entre mensajes, parpadeé… y habían pasado veintiún años.

Hace unos meses, por fin, aceptó una invitación a tomar café.
(Suena como si lo estuviera acosando para verlo, jajaja, pero no, simplemente quería reencontrarme con ese pedazo bonito del pasado).

Y nos vimos. En ocasiones, el tiempo nos cambia la esencia, y solemos no reconocer a los amigos de antes.
Ahora somos otros, diferentes, sin esa esencia que era lo que nos unía a ese amigo.

El punto es que él era el mismo negrito que yo conocí, en su carro escuchando salsa (esa que cantábamos a todo pulmón hace años), con su inclemente humor negro que nos unía, su caballerosidad, su sonrisa increíble, su suavidad de carácter, y esa cadencia única al contar historias, todas divertidas, aunque estuviera contando una tragedia.

Nos reímos mucho esa noche.
El tiempo voló.
Terminamos nuestro encuentro de madrugada, en mi casa, sellando nuestra amistad con un abrazo fuerte… un abrazo que jamás se repetirá.

Saber que murió tan sorpresivamente fue impactante.
He vivido mi duelo a mi manera: no soy de velorios ni rezos, pero sí de conexión de almas.

En el silencio de su ausencia, puedo sentir que su alma decidió irse justo ahora. Que simplemente eligió este momento para soltar el cuerpo y seguir su viaje, con la serenidad de quien sabe que ya cumplió su misión. Y aunque duela, hay en mí una paz profunda en comprenderlo así.

Escribo, seguro para exorcizar el adiós a este ser increíble que tuve la fortuna de conocer y reencontrar.

Fue bueno compartir ese pastel de almojábana que yo no quería comer, y que agradezco me hayas obligado a probar, jajaja.
Gracias por oír mis cuentos esa noche, por no aconsejarme nada y entender que solo quería ser escuchada.
Perdón por aquel comentario que te hice hace años y que nunca me reclamaste.
Gracias por tu amabilidad cada vez que te escribía, por tu tiempo para contestarme de inmediato, por tu interés genuino en mí.

Te quiero, negrito.
Estarás en mi alma por siempre. 🌹


 www.marcelabritoavellaneda.com

 



Comentarios

Entradas populares de este blog

Mi historia importa (y la tuya también)

Por años pensé que lo que me había pasado no era tan grave. Que había personas que habían sufrido más. Que mis heridas no merecían tanto espacio. Pero he aprendido que el dolor no se compara. Se siente. Y lo que yo sentí fue real. Me marcó. Me cambió. Y eso basta para reconocerlo y atenderlo. A veces, cuando escuchamos cifras sobre sufrimiento, algo en nosotros se apaga. Es como si el dolor se volviera ajeno, impersonal. Pero cuando alguien cuenta su historia, cuando escucho a una sola persona abrir su corazón, me pasa algo por dentro. Me conecto. Me conmuevo. Me entiendo un poco más. Por eso hoy elijo honrar mi historia. No minimizarla. Lo que viví me dejó huella, y esa huella merece cuidado. No soy una estadística. No soy un número. Soy una persona con emociones, recuerdos, preguntas y ganas de sanar. Sé que a veces duele mirar hacia atrás. Pero también sé que hay algo profundamente liberador en dejar de fingir que no pasó nada. Sentir es un acto de valentía. Sanar tam...

Salir del laberinto: lo que me salvó… luego me encerró

Durante mucho tiempo creí que ser fuerte era la única opción. Callar. Aguantar. Anticiparme al daño antes de que llegara. Adaptarme. Hacer lo que fuera necesario para sobrevivir. Y funcionó. Me protegí como supe. Me escondí en lo correcto, en lo prudente, en lo invisible. Pero lo que me salvó en ese entonces… …más adelante se volvió una cárcel. Una cárcel hecha de hábitos, miedos y viejas soluciones. No siempre es un solo evento el que deja trauma. A veces son los silencios. Las miradas que no llegaron. Las veces que te tragaste el llanto porque nadie iba a sostenerlo. Las veces que fuiste tu propio refugio porque no había nadie más. El trauma se instala. Se cuela en tu forma de respirar, de amar, de reaccionar. Y sin darte cuenta, estás viviendo con el cuerpo en el presente… …pero con la mente atrapada en el pasado. Me pasó. Sentía que hacía todo “bien”, pero algo en mí seguía alerta. Como si algo malo pudiera pasar en cualquier momento. Y lo peor es que, al ...

El regalo silencioso de mi papá: creer en mí

Durante años creí que sanar era acumular herramientas, nuevas formas de pensar o técnicas que me ayudaran a “estar mejor”. Pero con el tiempo descubrí algo más profundo: que el verdadero punto de transformación es conocerme a mí misma . Entender cómo funciono, qué me activa, qué me da miedo, qué necesito para sentirme en paz. Y en ese proceso, inevitablemente, miré hacia atrás... y me encontré con mi papá. Mi papá nunca me gritó. Nunca me levantó la mano. Nunca me trató con groserías. Su forma de enseñarme fue con palabras, no con castigos. Me hablaba para hacerme caer en cuenta de lo que podía mejorar. No imponía, explicaba. No controlaba, confiaba. Y quizás eso fue lo más poderoso: Confiaba en mí más de lo que yo misma lo hacía. Él siempre me decía que debía estudiar, aprender, valerme por mí misma. No desde la exigencia, sino desde el amor profundo que desea que su hija no dependa de nadie, que sea libre, fuerte y capaz. Me apoyó incluso cuando no estaba de acuerdo con mi...