Ir al contenido principal

Cómo suena un cierre guiado


Hay decisiones que no llegan como un terremoto. Llegan como un sonido interno, suave, claro y firme.

Un “ya terminaste aquí” que no duele, no asusta, no rompe… solo te acomoda de nuevo en tu propia piel.
Eso me pasó hace unos años cuando trabajaba en una clínica. No había malestar, no había conflicto, no había una historia dramática que contar. Simplemente mi energía ya no encajaba ahí.

Era como si yo estuviera creciendo por dentro y el lugar —aunque hermoso— se hubiera quedado pequeño para la versión que yo estaba empezando a ser.

Primero llegó como pequeñas incomodidades: el horario rígido, la rutina repetida, la sensación de que mis procesos internos avanzaban más rápido que las estructuras externas.

Así es como comienzan los cierres guiados: no explota nada, solo se siente el desfase.
Un día, ese “algo” interno habló.
No un impulso loco, no un “me cansé, renuncio y ya”.
No.
Fue una certeza silenciosa:
“Es ahora.”
Y lo hice.

Pero lo hice con belleza, con presencia, con gratitud y con amor.
Creo profundamente en cerrar ciclos con claridad y respeto, sin forzar nada y sin aferrarme.
Mi renuncia fue suave y clara.

Me senté con calma, lo comuniqué con claridad, y preparé todo para la persona que ocuparía mi lugar: instrucciones detalladas, procesos organizados, todo listo para que ella no sintiera un vacío sino una continuidad.
Quería que su aterrizaje fuera suave, así como lo estaba siendo mi salida.

Cuando le entregué todo, me dijo:
“Cuando yo entregue un puesto alguna vez, quiero hacerlo como usted está haciendo este conmigo.”

Y ahí entendí algo profundo:
Cuando uno se mueve guiado desde adentro, la forma también se vuelve guía para otros.

El cierre fue respetuoso y completo.
Mi llegada al consultorio particular fue fluida.
Las piezas se movieron con una lógica que no venía de la mente, sino del alma.
El cambio de frecuencia fue natural.

Y lo que vino después —independencia, trabajo online, proyectos propios, creación— fue parte de la línea de tiempo que solo se abre cuando tú te atreves a dar el primer paso.

Nunca tuve el mapa.
Tuve un saber interno.
Esa sensación que no se discute:
“Debo hacerlo ya.”
Eso es guía.
No es magia.
No es misticismo.

No es improvisar por impulso.
Es sentir el clic interno donde todo se vuelve simple: ya no hay dudas, solo acción desde la coherencia.
Porque estar guiada no es ver señales afuera:
es recordar que no estás sol@ adentro.

Tu Sabio Interno te habla todo el tiempo…
tú eres quien a veces hace ruido para no escucharlo.

Y si tú estás leyendo esto en medio de una decisión —grande o pequeña, sutil o radical— quiero dejarte esto:
Si algo te inquieta, si sientes un llamado que te empuja, si sabes que ya no encajas donde estás: no busques más señales afuera. Respira. Escúchate.
Ese impulso interno no es miedo: es tu guía.
No necesitas tener claridad absoluta.
Solo un “sí” honesto y un paso firme.

Cuando te conectas con tu Sabio Interno no todo se vuelve perfecto…
pero sí se vuelve auténtico.
Y desde esa autenticidad, la vida siempre responde.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sanar relaciones: mi camino para confiar en el amor y la amistad después del trauma

Por mucho tiempo, pensé que algo en mí estaba roto. Que las relaciones no eran para mí, que el amor era una trampa y que las amistades solo funcionaban si yo me adaptaba a lo que los demás querían de mí. Crecer con el peso de una infancia marcada por la violencia sexual me dejó cicatrices que, al principio, ni siquiera entendía. Me volví experta en sobrevivir, pero cuando se trataba de conectar con otros, me sentía perdida. En la amistad, por ejemplo, nunca sabía bien cómo ser yo misma sin sentir que estaba incomodando a alguien. Me costaba abrirme, porque en el fondo tenía miedo de que, si alguien veía quién era de verdad, se alejaría. ¿Cómo confiar en alguien cuando aprendiste que las personas que deberían haberte protegido fueron las primeras en hacerte daño? Así que me refugiaba en la distancia o en la complacencia: decía “sí” cuando quería decir “no”, aceptaba menos de lo que merecía y callaba lo que dolía. En el amor era aún más difícil. La intimidad me asustaba, no solo física,...

El regalo silencioso de mi papá: creer en mí

Durante años creí que sanar era acumular herramientas, nuevas formas de pensar o técnicas que me ayudaran a “estar mejor”. Pero con el tiempo descubrí algo más profundo: que el verdadero punto de transformación es conocerme a mí misma . Entender cómo funciono, qué me activa, qué me da miedo, qué necesito para sentirme en paz. Y en ese proceso, inevitablemente, miré hacia atrás... y me encontré con mi papá. Mi papá nunca me gritó. Nunca me levantó la mano. Nunca me trató con groserías. Su forma de enseñarme fue con palabras, no con castigos. Me hablaba para hacerme caer en cuenta de lo que podía mejorar. No imponía, explicaba. No controlaba, confiaba. Y quizás eso fue lo más poderoso: Confiaba en mí más de lo que yo misma lo hacía. Él siempre me decía que debía estudiar, aprender, valerme por mí misma. No desde la exigencia, sino desde el amor profundo que desea que su hija no dependa de nadie, que sea libre, fuerte y capaz. Me apoyó incluso cuando no estaba de acuerdo con mi...

Honro a mi abuelo Salomón, una figura paterna que marcó mi vida

A lo largo de la vida, hay personas que, sin buscarlo, dejan una huella profunda. Para mí, una de esas personas fue mi abuelo Salomón. Una figura paterna positiva, amorosa y profundamente respetuosa. El abuelo Salomón era un hombre sensible, con un corazón abierto y una fe inquebrantable. Tenía una espiritualidad serena, que no necesitaba explicarse con palabras: se sentía en su forma de vivir, de confiar, de cuidar. Era muy honrado. Vivía con principios claros, trataba a todos con respeto y nunca levantaba la voz. No usaba malas palabras, no imponía. Acompañaba con presencia, con cariño, con esa elegancia sencilla de los hombres buenos. Reía con sus ojos. Tenía un curioso bigote. Su mirada se iluminaba con ternura, con alegría genuina. Tenía un buen humor constante y una forma de disfrutar lo simple que llenaba de paz a quien lo rodeara.  Y bailaba conmigo. No necesitábamos música fuerte ni grandes fiestas. Bastaba su risa, su gesto, su complicidad. Bailar con él era...